Fascismo,
plutocracia y oclocracia
Alejandro
Mario Fonseca
En política, se
denomina conservadurismo al conjunto de doctrinas, corrientes,
opiniones y posiciones, generalmente de derecha, que favorecen las tradiciones y que son
adversos a los cambios políticos, sociales o económicos radicales, oponiéndose
al progreso. En lo social, defienden los valores familiares y religiosos.
Generalmente el conservadurismo se asocia al nacionalismo y al patriotismo.
En lo económico, los
conservadores históricamente se posicionaron como proteccionistas, en oposición
al libre mercado. Sin embargo, durante
el siglo XX algunos de los partidos conservadores adoptaron posiciones
económicas liberales al
fusionarse con partidos de esta tendencia, aliados en la defensa del sistema socio-económico capitalista, en oposición
al socialismo y el comunismo; tal es el
caso el partido republicano en los Estados Unidos. Consecuentemente, en la
actualidad en el conservadurismo político coexisten diversas posturas sobre lo
económico. A la fusión entre ambas posturas se le denomina comúnmente
como liberalismo conservador.
Esta
caracterización que acabo de hacer está en las enciclopedias y en los libros de
texto. La comparto con usted, porque lo que me interesa es comprender la
esencia política del presidente Trump. Sin embargo, etiquetar a Trump como
neoconservador me dice poco.
Su
gobierno amenaza claramente con convertirse en algo mucho peor que el
conservadurismo. Los analistas más lúcidos, no dudan en tacharlo de fascista. Y
sí, los conceptos básicos de esta ideología caracterizan mejor al monstruo.
El
proyecto político del fascismo es instaurar un corporativismo estatal y
una economía controlada, mientras su base intelectual plantea la
sumisión de la razón a la voluntad y la acción, aplicando un nacionalismo fuertemente radical con componentes victimistas
y hasta revanchistas.
Lo que
conduce a la violencia (ya sea
por parte de las masas adoctrinadas o de las corporaciones de seguridad del
régimen) contra aquellos que el Estado defina como enemigos mediante un eficaz
aparato de propaganda; todo esto
aunado a un componente social interclasista y a una negación a ubicarse en el
espectro político (izquierda o derecha). Esto no impide que diferentes enfoques
ideológicos proporcionen diferentes visiones del fascismo.
Los ejemplos más comunes se dan en la
historiografía, la politología y otras ciencias sociales, al ubicar al fascismo
en la extrema derecha, vinculándolo
con la plutocracia (el gobierno
de los ricos) e identificándolo algunas veces como una variante del capitalismo de Estado, o bien de orientación liberal,
identificándolo como una variante ultranacionalista del socialismo de Estado.
Y ya
nos estamos acercando, pero yendo más al fondo, Trump es todavía peor, porque además
de psicópata es un ignorante. Ojalá y fuera un simple político conservador, o
político fascista si usted quiere, pero insisto, es algo mucho peor: carece de
oficio político. Para designar correctamente lo que estamos viviendo, es decir
una “degeneración” de la democracia más
“sólida” del mundo, me gusta el término de oclocracia.
La
oclocracia es el gobierno de los peores y es una de las formas en que puede
degenerar una democracia. Una cosa es el gobierno del pueblo, que con la
voluntad general legitima al poder estatal; y otra muy distinta la llegada al
poder de la muchedumbre, del gentío, o masa (en términos marxistas), que es
incapaz de gobernar por su ignorancia de la política y de los asuntos públicos.
Más
específicamente, la esencia de la oclocracia es el gobierno de los peores, de
aquellos que no tienen formación ni preparación política, pero que son elegidos
por las mayorías ignorantes que son seducidas con promesas populistas
inalcanzables, con mentiras irrealizables secundadas por el resto de los
actores sociales que forman parte del gobierno de los demagogos; los oclócratas
con olfato político suelen adoctrinar al electorado para que les permita
perpetuarse en el poder.
