Lupita Cuautle, otra raya más al tigre



 

Retórica

Lupita Cuautle, otra raya más al tigre

Alberto Rocha Vázquez

Lo que inició como un caso de evidente abuso policial en San Andrés Cholula terminó exhibiendo algo mucho más grave: la aparente disposición del poder para vulnerar derechos fundamentales con tal de ganar una batalla mediática.

La Comisión de Derechos Humanos del Estado de Puebla ya no sólo investiga el uso de la fuerza contra una madre de familia detenida frente a sus hijos. Ahora también indaga la posible filtración ilegal de videos e información personal de la víctima, una acción que vulnera principios básicos como la presunción de inocencia, la dignidad humana y el derecho a la privacidad.

Resulta preocupante que, en lugar de garantizar un proceso institucional transparente, algunos actores políticos hayan preferido convertir el caso en un espectáculo público. La diputada Nay Salvatori optó por apoyar a la afectada debido a la agresividad de los policías, no defendió su supuesto estado de ebriedad, pero de inmediato los bots al servicio del gobierno sanandreseño desviaron la atención de la actuación policial y alimentaron una narrativa que terminó politizando aún más el conflicto.

Pero el problema va mucho más allá. La gran pregunta sigue sin respuesta: ¿quién autorizó que material grabado dentro de instalaciones de seguridad pública terminara circulando públicamente? Porque si los videos efectivamente salieron de la corporación municipal, estaríamos frente a una filtración extremadamente delicada que compromete la legalidad, la ética institucional y la confianza ciudadana.

La paradoja es evidente. En el intento por justificar la actuación de sus policías, el gobierno municipal terminó abriendo una crisis de mayores dimensiones. Lo que buscaba ser una estrategia de control de daños terminó provocando nuevas investigaciones, cuestionamientos sobre el manejo de información sensible y un desgaste político que alcanza directamente a la administración de Lupita Cuautle.

La lección es simple: cuando una autoridad intenta defenderse violando derechos, el problema deja de ser el incidente original y se convierte en un asunto de credibilidad institucional. Y esa, una vez perdida, es mucho más difícil de recuperar que cualquier crisis mediática.

Lo peor, es que en San Andrés Cholula, ya se normalizó que los policías abusen de manera escandalosamente impune, ya que para la alcaldesa es preferible callar y seguir saliendo en medios y redes sociales sonriendo, minimizando el holocausto que se le viene.

 

Sino, al tiempo.

 



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